Antinazi

La esencia española de los vascos

Durante las dos últimas décadas ha sido común el repetir una serie de afirmaciones relacionadas con los vascos que no por más insistentes resultan más verdaderas. Entre ellas estaría la de que los vascos formaron una entidad política conjunta en el pasado, la de que su absorción en España y Francia se debió a la violencia opresora ejercida contra los vascos pero no a su voluntad, la de que el euskera ha sido siempre la única lengua de Euskal Herria o la de que las guerras carlistas fueron ya un fenómeno claro de independentismo vasco frente a la opresión española.

La finalidad política de este género de afirmaciones -proporcionar un fundamento histórico al nacionalismo vasco- resulta indiscutible. Sin embargo, permítaseme afirmar que su realidad y veracidad históricas son absolutamente inexistentes. Desearía dar un paso más en esa dirección. En realidad, la vivencia política de los vascos ha estado siempre ligada de manera profunda a la Historia española y los intentos de romper esa ligazón entrañable y sentida no sólo son muy recientes sino totalmente ahistóricos.

Que en los primeros tiempos de la invasión musulmana de España, los vascos carecían de lazos políticos que los unieran y que tenían una clara «falta de conciencia nacional» es algo que ha sido reconocido incluso por autores tan marcadamente nacionalistas como fray Bernardino de Estella. Sin embargo, cuando el reino de Navarra se convierte en una formación política que podría calificarse sin ambages de vascona, la nota característica con la que se autodefinen sus monarcas no es la de ser «reyes vascos» sino «rey de las Españas». Ese, y no otro, es el título que aparece, por ejemplo, en el acta de traslación del cuerpo del rey Sancho Garcés III a san Millán el 14 de mayo de 1030. Al igual que Alfonso III de León -que se autodenominó «rex totius Hispaniae»- la meta de los reyes navarros, compartida con otros reyes peninsulares, no era construir un Estado vasco sino reconquistar España, la España sometida en esos momentos a los invasores islámicos. No extraña por ello que emparentaran con aragoneses, asturianos, leoneses y castellanos en un intento de hacer avanzar la empresa reconquistadora común. Era un rey navarro el que en el Decreto de restauración de la catedral de Pamplona se refería a «nuestra patria, España» hace poco menos de un milenio. Tampoco extraña, por ello, que para escándalo de los historiadores nacionalistas, utilizara más el romance navarro que el euskera y dejara que esta lengua se perdiera en tierra de La Rioja, de Alava y de la Ribera navarra convirtiéndola en una lengua tan vasca como el vascuence hace ya siglos. No era Castilla -una entidad minúscula entonces nacida del impulso navarro- la que acababa con el euskera sino que los reyes euskaldunes de Navarra, como lamenta nuevamente fray Bernardino de Estella, «se dieron mucha prisa en adoptar la lengua castellana para redactar sus documentos, adelantándose unos 60 años a los mismos reyes de Castilla».

Pero no fue sólo el caso de Sancho III. Lo cierto es que la Historia de las tres provincias vascongadas, mencionadas por vez primera en el relato de las hazañas de Alfonso I el católico escrito durante el reinado de su sucesor Alfonso II el Magno a finales del siglo IX, estuvo ligada íntima, voluntaria y entrañablemente a la de Castilla. Guipúzcoa se unió a Castilla en el siglo XI y tal unión se convirtió en definitiva en 1200, reinando Alfonso VIII. El deseo de los guipuzcoanos no era formar parte de una entidad vascona como era Navarra sino de la Corona de Castilla y así lo solicitó voluntariamente la Junta general de Guipúzcoa. En el curso de los siglos siguientes, la documentación guipuzcoana denomina a los naturales de Guipúzcoa «castellanos» y éstos lo tienen como timbre de gloria. Por su parte, los guipuzcoanos no dejaron de asolar las aldeas navarras a las que veían como enemigas.

El apego de Guipúzcoa a Castilla era tan estrecho que no sólo sus combatientes destacaron en la lucha contra elIslam, sino que la Junta general de 1468 hizo jurar a Enrique IV «que jamás enajenaría de su Corona las villas, pueblos, etc. ni Guipúzcoa entera» comprometiéndose a no apartarla de Castilla ni siquiera con dispensa papal.

El Por su parte Vizcaya, que se había convertido en señorío, pasó a formar parte, también voluntariamente, de la Corona de Castilla en 1179. Con Juan I (1370-90), el rey castellano se convirtió finalmente en señor de Vizcaya. Como en el caso alavés y guipuzcoano, los vizcaínos conservaron sus instituciones, pero con una supervisión regia y una instancia superior castellana, en este caso ubicada en Valladolid. Además las discusiones de las Juntas se hacían en castellano o en vascuence y los procuradores y apoderados «no podían ser admitidos en ningun tiempo si no sabían leer y escribir en romance». Ambas lenguas eran consideradas vascas.

El final de la Edad Media no alteró, en absoluto, este panorama. Los vascos de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa siguieron sintiéndose más cercanos de Castilla -a cuya corona estaban unidos con anterioridad a Extremadura o Andalucía- que de Navarra y los vascos de Francia demostraron en todo momento ser convencidos patriotas franceses. A lo largo del periodo de hegemonía española, los vascos siguieron combatiendo y creando bajo pabellones españoles y llegada la Ilustración del siglo XVIII los denominados «Caballeritos de Azcoitia» -un nombre irónico dado por el padre Isla- defendieron la españolidad y el lema Irurak bat, es decir, tres en una, las tres provincias vascas como un todo sin incluir ni a Navarra ni a las tierras vascofrancesas.

El enfrentamiento con los franceses encontró también en los vascos las muestras más acendradas de patriotismo español. El 4 de julio de 1795, por ejemplo, la Diputación de Vizcaya dirigió al rey un escrito ofreciendo derramar hasta «la última gota de sangre» por la independencia española y cuando en 1808 se produjo la invasión napoleónica los vascos, como el resto de los españoles, se enfrentaron aguerridamente con las águilas imperiales. Esta identificación con España resultó tan acentuada que los diputados vascos en Cádiz apenas opusieron resistencia a un proyecto constitucional que significaba el final de sus fueros. Como diría el diputado vizcaíno Yandiola, «no son los fueros, no es el provincialismo sino la felicidad de la nación, la que dirige a los diputados de Vizcaya». La nación no era otra, ¿acaso podía serlo?, que España. Las mismas guerras carlistas dividieron a los vascos pero no entre españolistas e independentistas sino entre españoles liberales y españoles absolutista-carlistas. Cuando don Carlos, el pretendiente carlista, llegó a Elizondo se reunió con el general Zumalacárregui y entre ambos redactaron el 12 de julio de 1834 un manifiesto que comenzaba diciendo: «Españoles: mostraos dóciles a la voz de la razón y de la justicia. Economicemos la sangre española». Don Carlos añadiría: «El éxito no es dudoso; un solo esfuerzo y España es libre».

Por aquella época un predecesor del nacionalismo vasco, el vascofrancés Agustín Chaho, que odiaba a España y a Francia, acudió a Navarra para sembrar el separatismo. Zumalacárregui, español y vasco, vasco y español, lo expulsó de su territorio con cajas destempladas. Foralistas vascos, como Fidel de Sagarminaga, afirmaban mientras tanto que defendían las libertades vascongadas «sin perjuicio de las altas y mayores facultades del Estado, pues que de una sola nación se trataba» ya que «el derecho de los vascos consiste en continuar nuestra historia y tradición, no en provecho solamente propio, sino en provecho común de la nación española. Los vascongados no han sido nunca otra cosa que españoles». Liborio de Ramery y Zuazarregui afirmaría por su cuenta que el peligro para la autonomía vasca no venía de «la noble Castilla ni la magnánima nación española sino del liberalismo destructor».

En realidad, hubo que esperar a finales del siglo XIX y a la aparición de los escritos, racistas, ahistóricos y religiosamente fundamentalistas, de Sabino Arana, el fundador del PNV, para que esa tradición de identificación entre los vascos y España se cuestionara. No es de extrañar que en su momento fuera contemplado por sus contemporáneos como un trastornado y que él mismo, el 22 de junio de 1903, abogara por abandonar el nacionalismo en favor de un autonomismo españolista por utilizar sus propios términos. Obviamente, los ejemplos aducidos son sólo modestos botones de muestra pero la conclusión no resulta por ello menos sólida. Si algo ha caracterizado la historia de los vascos durante siglos no ha sido su oposición a España sino su integración esencial en ella y su identificación entrañable y voluntaria con el resto de las regiones de esa nación. Intentar negar esa realidad no sólo carece de base histórica sólida sino que además ha alimentado directamente uno de los últimos fenómenos terroristas de Europa occidental.